Jacinta parte I

Ella es Jacinta, y eso lo sé por que los del mercado de enfrente me lo han contado, bueno, tanto así como contado pues no; yo se los pregunté y  es que siempre es raro ver caminar a alguien con tanta enjundia por estas calles tan tranquilas del barrio de Salamanca, bueno eso y el vestido flamenco.

Doña Almudena que es la que vende la fruta (fruta que , por cierto, es la más rancia y agusanada de todo Madrid) me contó que la Jacinta ya es muy mayor. Quizá hasta mayor que ella, pero que sus tratos con el mismo demonio la mantuvieron regia por muchos años, pero pues ningún trato con el diablo es justo y  este le cobró a lo chino los últimos años, dejando a la pobre de Jacinta al borde de la locura. La interrumpió el carnicero que recién llegaba,cargaba a un cordero degollado que todavía expedía calor.

Majito esa Jacinta es una enferma, o algo peor que eso, ni siquiera deberías preguntar por esa quimera, es la de la mala suerte.

Filomena; la de las flores, les gritó que ya era suficiente que no había necesidad de envenenar a nadie y ya está. Dio dos chasquidos que regresaron a todo el mercado a sus deberes. Al parecer Jacinta tenía historia.

Benxa el hombre de la pescadería me dijo que la Almudena ya estaba vieja y que solamente lograría contarme lo que ella suponía, pero que quería decirme que nadie más que el sabía todo de la Jacinta, pero me dijo esto entre dientes, mientras me regalaba un manojo de perejil fresco. Le dije que me contara más de ella y me dijo: luego , luego muchacho, que las paredes oyen. Me fui con una charola de huevos frescos, tres naranjas de la Almudena, dos filetes de merluza y un ramo de perejil.

Pero pronto me olvidé de Jacinta , era uno de esos personajes eternos y arquetípicos de cada barrio, de la calle, de cada edificio, la mal vista, la mal querida, la puta, la mala, la injusta. La de siempre.

Una tarde al salir de mi edificio me topé con Benxa. El fumaba un cigarrillo con una pierna recargada en la pared. Me saludó y pude ver en sus ojos verdes algunas palabras que lo estaban ahogando, tenía que contarme algo. Recordé  que me había dicho algo acerca de la loca del piso 23, pero no creí que fuese eso. Había mucha necesidad en sus ojos como para hablar de una mujer mayor vestida de flamenco. Lo salude y me insistió a que fuéramos a la terraza de la calle continua por una caña, y pues a mí siempre me pareció tan atractivo el Benxa; su barba cerrada, sus ojos de agua estancada, sus brazos,su pelo necio. Acepté como para cumplir a medias mi sueño de tener algo con el, y digo a medias por que sabía que Benxa no era marica, pero podía imaginarme mil cosas y pues ir a tomar una caña con el podría ser un buen inicio a mis fantasias. Nos sentamos en la terraza y pedimos dos.

Benxa tomaba como buen español; rapido y tendido, y esperaba que yo tomara a su ritmo, lo cual era imposible, pero lo intenté. Hablamos de cosas sin sentido mientras yo me preguntaba si había valido la pena ir con el. Una, dos, tres, cuatro, cinco; cinco cañas y vi como la bestia se calmaba, Benxa se convertía en cualquier hombre, ya no era el macho con ganas de cogerse a cualquier mujer de buen culo que se paseara por el mercado, se empezaba a ablandar como la fruta de Doña Almudena.

– Deja de hacerte el tonto y pregúntame de la Jacinta. Me dijo Benxa mientras pelaba un mani.

– No pues mi interés no es tanto, fue una cosa de la semana pasada, me llamo la atención y listo, no es una urgencia.

– Eso pues, es por que no sabes nada de ella. Pero puedo reconocer a los pijos como tu, ansiosos por conocer de otra vida, de otros tiempos, que, los hagan sentirse parte de un mundo real.

– No sabía que eras filosofo Benxa.

– Nada de eso pijin, nada de eso. ¿Entonces?

– ¿Entonces que?

– Quieres saber mas, quizá seas el primero que lo sepa todo.

– Pues si quieres….

– Conocí a la Jacinta hace 24 años, tu no habías ni nacido seguramente. Era una mujer de verdad. Yo aprendía apenas el oficio del pescadero. Mi padre, que en paz descanse, me iniciaba cargando bultos y repartiendo pedidos por todo el barrio. Hasta que un día me hizo subir hasta el piso 23 del edificio en el que vives y me abrió la puerta un maricón.

– ¿Como supiste que era maricón?

– Pues no lo se, lo adiviné, al igual que lo adivino contigo.

– Lo mío no es de adivinos, todo el mundo lo sabe.

-Pues eso es muy subjetivo.

– Bueno y ¿entonces?

– Pues le pedí a mi padre que no me enviará más a entregar pedidos al 23. Me asustaba la idea de que alguien pudiese auto-excitarse.

-¿Auto-excitarse?

– Pues si los maricas así son, digo me imagino, por que, si yo tuviera tetas y vagina no dejaría de tocármelas. Los maricas tienen polla y les gusta la polla, saca tus conclusiones.

– Jajajajaja (reí sin parar) , no mi Benxa eso no funciona así.

– Ese no es el punto. Mi padre disfrutaba de mi miedo y me mandaba cada dos días , aunque fuese para regalarle al marica un ramillete de perejil.

– Debió ser gracioso.

– Lo era.

– ¿Entonces?

– Hasta que se me hizo tarde para ir al 23 y pase ya de noche. Esta vez me abrió Jacinta. Fue una cosa de amor a primera vista. Al menos de mi parte, La Jacinta tenía la cara más preciosa que he visto hasta ahora, con ojos miel , pelo de gitana, cuerpo de botella, era una ilusión. Ella estaba a punto de salir y se terminaba de poner los aretes, tomo el pedido , lo arrojo en la nevera, tomó su bolso y cerró la puerta empujándome fuera del piso hasta el ascensor. Tenía unos tacos altos y era mas alta que yo, al menos 1.90 metros medía mi nueva obsesión. En el ascensor no dejaba de mirarla, ella se dio cuenta y me guiño el ojo, prendió un cigarrillo y emprendió su camino. Me pregunté a donde iría y la seguí……

Continuara….

Bueno Bye

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