Creo que fue en diciembre

 Mi espalda atrajo su mano como un imán. Son cosas del magnetismo que todos conocemos, pero pocos explicamos. Sus ojos verdes reflejaron mi alma. Ahí estábamos Fernando y yo; viviendo en contra del tiempo. Fernando había sido parte de un capricho pasado. Cuando esa noche entre la multitud nos cruzamos, supe que estaría anclada a esta ciudad el resto de la historia; justo cuando planeaba mi próxima huida.

Me sentía tan fuera de lugar, yo no era la misma de antes, ni tenía intenciones de serlo. Para Fernando yo era una pieza perfecta que merecía el mejor sitio entre sus colecciones. Años antes había soñado con esa noche; capricho que mezclé y olvidé con otros. Recordé y rendí tributo frente a los ventanales de aquel bar en el último piso; la hermosa cuidad frente a mí; en ella nacieron todas mis razones, todos esos miedos ¿Qué me habían traído hasta el? Fue la última vez que la vi así; nostálgica y enorme cuidad de los sueños.

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Fue inexplicable, dos mundos distintos se unían en su hermoso departamento en un piso 16. La cuidad era testigo; enterrábamos viejos amores y sueños. El cliché del amor se convirtió en algo novedoso. Las lágrimas en su rostro me hicieron renacer. Fernando puso sus miedos en mis manos, yo correspondí poniendo los míos en sus ojos y prometimos eternamente cuidar de ellos.

Fernando estaba hecho de piezas de diferentes maderas, unas partes de él eran tan fieles y firmes, otras sumamente débiles, otras maderas falsas. Me dediqué a resanar sus huecos; a alejarlo del fuego, Fernando era tan vulnerable. Él fue reciproco a su manera, se dio cuenta que yo necesitaba un nuevo mundo a donde huir y lo construyó para mí. Ahí yo era libre de decidir sobre mí. En cambio Fernando era preso de su pasado, nunca olvidó ni perdonó sus errores, castigaba cada recuerdo. Me hizo jurarle que nunca lo dejaría volver al veneno. Me sentía liberada de mi pasado; prefería cuidar de él que de mí; el me admiraba, yo era su mundo; era el mundo.

Su adicción al arte lo hacía mantenerme siempre en el reflector, me llevaba como un trofeo a cada rincón donde pudieran apreciarme. Pronto me convertí en una pieza bien valuada. Yo me sentía reconocida por mi alma libre y él se sentía el hombre más inteligente del mundo. Vivíamos eufóricamente, fueron tiempos donde unimos fuerzas. Fernando construía su seguridad; absurdos momentos que yo siempre había rechazado.

Las fronteras de nuestro espacio se convirtieron en navajas; el ir y venir del tiempo cortaba nuestra piel. Las primeras heridas nos tomaron por sorpresa, las siguientes eran parte de la rutina. Nos fuimos desangrando lentamente. Rebasamos los límites, los tiempos, las astucias. Él decía que me amaba. Así fue hasta que la sociedad lo castigó por tener a su lado a una mujer como yo. Esa noche, creo que fue en diciembre, lo perdí.

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Los vientos del norte anunciaban nostalgia. Por primera vez me pidió que no fuera yo, y yo, por primera vez cedí. En la cama, una hermosa caja atada con listones de seda negros. La abrí; fingí estar cautivada por aquella piel. El espejo robaba mi alma. Callada me envolví en esa piel que asfixiaba cualquier resto de lo que quedaba de mí.

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Fernando no era el mismo, ese hombre en el que se había convertido ya no necesitaba una mujer como yo. Así que firmé el contrato; use la piel; era eso o renunciar a lo poco que quedaba de nuestro mundo.

Los que alguna vez fueron días felices se tornaron pesadillas. Fernando dejó de exhibirme en su colección y me encerró en la caja fuerte detrás del espejo. Prefería acompañarse por arte barato, de ese que impresionaba a los vulgares y que no le significaba ningún riesgo. Entendí que yo le recordaba aquel joven frágil y temeroso que algún día fue. Él tenía miedo de mí y yo de mí sin él.

Me fui convirtiendo en sombra, hasta que un día no me reconocí más. Era momento de tomar una decisión; era la única libertad que me quedaba; tuve la cruda visión de lo que sería de mí, pero la solución tampoco era esperanzadora. No tenía a dónde ir, ni en qué creer. La desilusión toco mi puerta. Cobardemente decidí dejarle a Fernando el rumbo. Tomé el teléfono y decidí terminar con ese teatro del dolor. Pensé que iba a detenerme, pero no. Olvidé que Fernando no era el mismo, olvidé que él ya tenía toda mi fuerza; olvidé que cuanto más me aferraba a él más sola me sentía. Y así fue como Fernando me dejó ir.

Fernando logró ser quien siempre quiso; yo sigo pensando en quién quiero ser. Un día al cruzar la esquina me topé con aquel mundo que me regaló; sentí nostalgia, las ruinas me hablaban. Caminé y reconocí cada rincón. A lo lejos podía observarme caminando entre los escombros, brillaba como siempre. Mi mejor momento. Sentado a lo lejos, Fernando me mira detalladamente; me mira esta vez tratando de no entenderme, de no alcanzarme.

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Recogí los restos de mí, de nuestro mundo; tome algunos recuerdos, agradecí a mi escondite los años que me liberó de enfrentar mi pasado y me fui. Curiosamente la soledad no me sorprendió, ya somos compañeras de viaje.#

Bueno bye.

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